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LA SORTIJA
Lunes 02 de Julio, 2012


LA SORTIJA

Cinco pesos siquiera le alcanzaron para dos pequeños panes duros y viejos, que compró a la vuelta de la esquina. Su saliva debió ser suficiente para engullir las dos barras de piedras de harina, que a regañadientes accedió a venderle el panadero. Luego, regresó a su lugar junto a la diminuta escalera de mármol contiguo a la iglesia de la Misericordia. Sus dos manos diminutas dividieron una de las barras de pan, sus pies se encogieron y sus rodillas llegaron hasta su corta mandíbula. El frío aterrador que antecede al ascenso del sol en la mañana se le metía por sus huesos y le hacía estremecer todo su cuerpo. 

De pronto, una mano liviana, blanca como la nieve y pintada de tierra, se acercó a su hombro. Sus dedos extremadamente cortos le llegaron hasta el cuello y luego a las mejillas.“Regálame un poco de pan”, dijo una voz suave de niña huérfana. “Estoy dividiéndolo para ti y para el otro”. Respondió. La barra, anteriormente fragmentada en dos, llegó hasta las manos de dos pequeños más, quienes se encontraban a su lado izquierdo, dos escalones más arriba sobre la escalera de mármol. “¿Cuánto tiempo más seguiremos aquí?” Preguntó el más pequeño, que si mucho alcanzaría los cinco años. “No lo sé, chico”. Contestó él. “Tal vez hasta el medio día, luego veremos a dónde ir”. La respuesta, suficiente para él, no lo fue para el pequeño.

Los tres devoraban sus troncos de pan duro y frío, bajándolos con sus salivas escasas y espesas. Tres hombres adultos pasaron por enfrente de los chiquillos, arrojando varias monedas, de cincuenta centavos, de a peso, y por mucho de a dos a una camisa blanca enrollada en forma de plato hondo. 

Poco antes de terminar sus rebanadas de pan, una mujer austera, vieja, arrugada y melancólica, de cabellos ennegrecidos y enmarañados se acercó a los tres chicos. “¿Esto es lo único que han conseguido en dos horas que llevan aquí?” Preguntó molesta. Observó los trozos de pan que descendían con sus manos hasta las piernas y los abofeteó a los tres, haciendo que los pedazos se esparcieran por todo el mármol, entonando un sonido de piedras al caer. “Más les vale que se pongan a trabajar, engendros del demonio, no tengo toda la mañana para estar viniendo por migajas de pan”. 

La mujer tomó tres pesos y cincuenta centavos de la camisa y se marchó por la calle opuesta a la que había llegado. La niña miró al mayor de los chicos en dos ocasiones, esperando su aprobación para recoger las sobras de las barras de pan esparcidas sobre el mármol. “Recógelas, tal vez sea lo único que comamos hoy”. La niña se arrastró por el mármol junto al más pequeño y recogieron ambos las sobras de pan, que iban directo a la boca y no tardaban tres segundos para ser engullidas. 

Unos minutos más tarde, sobre la banqueta de la calle de enfrente, dos hombres muy elegantes, acompañados de una mujer igualmente refinada charlaban plácidamente, con una complicidad que revelaba años de amistad, cientos de secretos guardados y miles de aventuras compartidas. La mujer se pavoneaba frente a sus amigos, enseñaba sus joyas relucientes y los detalles de su vestido. Los hombres intentaban tocarla por todas partes, con el pretexto de estar apreciando los adornos y colgandejos que ella les enseñaba.

“Qué mujer más rara”. Dijo el más pequeño. “¿Qué tiene de rara?” Preguntó la niña. “Parece que estuviera en un circo, llena de cosas por toda parte”. Dijo. “Es muy bonita”, comentó el mayor. “A mí también me parece muy bonita”, concluyó la niña. De repente, los tres adultos atravesaron la calle dirigiéndose a la iglesia de la Misericordia. Uno de los hombres, el más alto, se metió la mano derecha al bolsillo y sacó una moneda de a diez, que fue a parar directamente a la camisa enrollada. Los niños se abalanzaron todos directo a la moneda para asegurarse de que en efecto fueran diez pesos. “¡Qué generoso eres, Martín!” Dijo la mujer, luego todos rieron a carcajadas e ingresaron al templo.

“¿Qué vamos a hacer con diez pesos?” Inquirió la niña, sorprendida por la majestuosidad de la moneda, más grande y gruesa que las demás. El mayor la sostenía frente a los niños, seguro de que no habían tenido una así en mucho tiempo. “Podríamos comprar mucho más pan”, dijo el pequeño, “o tortas de carne con refrescos, comeríamos todo el día con diez pesos”. “No seas tonto”, dijo ella. “Yo quiero una paleta, como las que comen los niños ricos que pasan con sus padres. Esas paletas grandes y repletas de dulce!”. “No compraremos ni tortas ni paletas”, dijo el mayor. “La señora se enteraría, y nos golpearía como todos los días”. De pronto, en la mente de todos se configuró la misma escena. Deben aprender a golpes a ser honestos y honrados, decía, mientras los azotaba con una ancha correa de cuero. Esto les debe enseñar a no mentir, y mucho menos a robarme. 

“Debemos esconderla”. Dijo la niña. “Luego veremos cómo nos la gastamos, ¿no?” Concluyó asustada. “Y si se entera la señora”, añadió el pequeño. “No tiene por qué enterarse. Guárdala, niña, luego veremos qué hacer”. 

El tiempo pasó rápidamente y el sol comenzó a escalar la esfera celeste, mientras las filas de gente desfilaban y brotaban por doquier. Monedas de cincuenta centavos, de a peso y de a dos seguían cayendo con acertada precisión en la camisa enrollada. Los niños se acomodaban de diversas maneras, intentando evitar los incómodos filos de la escalera de mármol. El más pequeño se quedó dormido en las piernas de la niña, quien lo acomodaba y movía cada que sentía que la mujer se aparecía por una de las esquinas de la calle. 

Los dos hombres y la mujer por fin salieron de la iglesia, más contentos y sonrientes que de costumbre, hablando en voz baja y abrazándose y tocándose unos a otros. La mujer pasó muy cerca de la niña y del niño sobre la escalera de mármol, con su cartera en la mano entreabierta. Los dos hombres conversaban cada vez más alto y la gente que transitaba sobre la banqueta también murmuraba. Hablaban, gritaban, cantaban. Las llantas de los carros chillaban muy estridentes y las cornetas se oían a tres cuadras del lugar de emisión. La mujer fue la última en terminar de bajar las escaleras de mármol, y, cuando se disponía a atravesar la calle detrás de los hombres, una sortija dorada salió despedida de su cartera y cayó a la calle de cemento, dando unos giros directos a una alcantarilla. 

La niña, quien sostenía al pequeño, observó el sorpresivo hecho. Vio la sortija salirse de la cartera, caer al pavimento y rodar hasta la rejilla de la alcantarilla. “¿Viste eso?” Inquirió al mayor. “¿Ver qué?” Contestó él. “Una sortija”, dijo. A la mujer bonita se le cayó una sortija a la alcantarilla. De inmediato, de un brinco, la niña se incorporó sobre la banqueta repleta de gente. La cabeza del pequeño deambuló por el aire y quedó de pie junto a la chica, dormitando, sin entender qué sucedía. El mayor también se levantó y se paró tras la chica, quien ya se encontraba arrodillada sobre la rejilla buscando la joya. “Anda, avísale a la mujer que se le cayó una sortija”. Dijo la chiquilla. El pequeño niño estaba un poco desubicado. “¿Qué señora?” Indagó adormilado. “A la mujer del vestido rojo que va allá”, respondió la chica señalando a la señora elegante que había caminado unos cuantos metros en compañía de los dos hombres. 

El pequeño caminó sobre la misma banqueta unos cuantos metros, intentando infructuosamente que la mujer le escuchara. El ruido de la calle central era impresionante. Uno de los hombres, el que había depositado los diez pesos miró al niño con desconfianza, mientras el pequeño señalaba a la mujer. “¿Qué pasa?” Preguntó ella. “Nada”, respondió él, ignorando las señas del pequeño. El niño intentó cruzar la calle para llevar su recado, pero el tráfico se empeoró de repente, y los coches no parecían tener la menor intención de permitirle pasar.

Mientras tanto, frente a la rejilla de la alcantarilla, la niña seguía induciendo sus cortos y blancos dedos entre los barrotes corrugados intentando atrapar la sortija, que yacía pendiendo de un hilo bajo el montículo que sostenía la rejilla. El mayor seguía de pie observando la ineficaz labor de la chica, que se desvivía de una manera enfermiza por salvar aquella prenda de la mujer elegante. “¿Por qué mandaste al chico a avisarle a la mujer?” Objetó el mayor. “¿No sabes cuánto puede costar una joya de esas?” Dijo. “No me interesa quedarme con el anillo, nos dieron diez pesos, ¿recuerdas?” “Es nuestro deber devolverles el favor”. Contestó la chiquilla. “Además, dónde cambiaríamos una joya así. Me muero por verla. Debe ser muy fina y costosa, como su dueña. Igualmente, ya tenemos los diez pesos, con eso comeremos hoy y mañana”.

El pequeño seguía sin poder pasar la calle y se alejaba cada vez más de sus hermanos de crianza. Seguía muy cerca de la mujer y sus amigos, siempre frente a la calle, estrellándose con los demás peatones, pero sin conseguir pasar la vía. Su pequeña estatura no le permitía mayor movilidad. El mayor, desquiciado por los pensamientos que le traía poseer esa valiosa joya, se empinó para alcanzar con su vista al chiquillo, pero éste, extasiado por su propósito de alcanzar a la mujer no logró ver a su hermano cuando este le intentaba pedir que regresara, que la joya jamás saldría de la alcantarilla, y que de ser así, la chica estaba dispuesta a devolverla a su dueña a como diera lugar. 

La chica intentaba contener su respiración. Sus esfuerzos eran cada vez menos acertados y sus movimientos no conseguían ni siquiera rozar la sortija. El mayor, enfadado por su impotencia, se arrodilló junto a la pequeña y metió sus dedos entre las rejillas. El fulgor dorado de la sortija se refractaba en los ojos de los niños, que seguían ingeniándose la manera de alcanzarla y evitar que se cayera en las profundidades de la alcantarilla. 

El menor por fin llegó hasta la parada del semáforo, pero la luz se encontraba en verde y había acabado de cambiar. Lo que le impidió cruzar la calle, tal y como lo tenía pensado. Mientras tanto, los dos señores y la mujer viraron en sentido contrario y se perdieron en la siguiente calle en medio de los demás transeúntes. Por fin el semáforo señaló rojo y el chiquillo pudo cruzar la calle, internándose en el río de gente tras su objetivo. Nunca miró hacia atrás. Las personas como postes impedían que avanzara. El color rojo del vestido de la mujer era su estrella de oriente. Los transeúntes que corrían en sentido contrario no lo determinaban. Era invisible ante cualquier mirada desprevenida. El mundo estaba demasiado ocupado como para virar sus ojos en él, y en cualquiera de su clase. El chico llegó hasta la siguiente esquina. Pero para su sorpresa, había perdido de vista a la mujer y a los dos hombres. 

Mientras tanto, junto a la alcantarilla, la niña se detuvo en su labor y se puso de pie de nuevo, intentando aclarar sus pensamientos. De repente pensó en la moneda, era perfecta para alcanzar la sortija, pues cabía perfectamente entre las rejillas. Pensado esto, se dispuso a sacar la moneda de su bolsillo y a hincarse de nuevo sobre el armazón, insertando la moneda cuidadosamente, mientras el mayor daba un respiro profundo. “Vas a perder la moneda y la sortija, y nos vamos a quedar sin nada”. Dijo. “Cállate, no pasará nada, tranquilo”. Respondió. Los dedos de la niña se movían muy ágiles y la moneda se acercaba cada vez más a la sortija. De pronto, cuando más cerca de la joya se encontraba, un coche se acercó a los pequeños, haciendo sonar su corneta y desconcentrando a la pequeña, quien tocó la sortija con la moneda y la movió de su lugar, creando una fricción peligrosa entre ambas. La sortija se salió de la base de la rejilla, y evitando que cayera, la niña soltó la moneda para agarrarla, consiguiendo atrapar la joya con la yema de los dedos, justo antes de que el mayor le provocara un tirón que los arrojó a los dos de nuevo a la escalera de mármol en el momento en que el coche pasaba por el borde de la alcantarilla. La moneda se fue hasta lo más profundo. 

El mayor y la niña respiraban con mucha dificultad, tendidos sobre las escaleras de mármol. “Las perdiste, te lo dije”. Agregó el mayor. “Para nada”, respondió ella, levantando su mano derecha que poseía la brillante sortija. Ambos sonrieron al ver la joya. “Pero perdimos la moneda”, concluyó. “Para qué necesitamos de la moneda si tenemos la sortija”. Dijo él. “Andando, debemos buscar al pequeño, ya hace rato debió llegar, antes de que se pierda y la mujer nos muela a palo”. Dicho esto, los chicos se pusieron de pie, cuando, espontáneamente, la mujer vestida de rojo seguida por los dos hombres apareció de la nada desde la banqueta frontal atravesando rápidamente la calle. “¡Mi sortija!”. Gritó. “Es mi sortija, niña”.

La chica regresó la vista a la joya, aún respirando con dificultad y levantó su mano a la altura de la mujer, quien una vez la alcanzó, se la arrebató con fuerza. Uno de los hombres puso la mano sobre el pecho del niño. “¡Ladrones!”, gritó el otro. “No somos ladrones, señor”, agregó la niña. “Por supuesto que no, Martín. Los pequeños sólo encontraron mi hermosa sortija, ¿verdad niños?” Preguntó con una sonrisa encantadoramente fingida. “Así es, señora”, contestó ella. “Vi cuando la sortija cayó de su cartera. Mi hermano trató de alcanzarlos para que no se marcharan, pero aún no ha regresado”. Explicó la pequeña. “Qué bueno que recuperaste mi sortija, es una gema muy valiosa, traída de muy lejos, niños, no saben lo feliz que me siento”. Los niños la escuchaban imaginándose todo lo que podían hacer con el dinero que valía esa joya. La niña de pronto fijó sus ojos en la prenda de nuevo, mientras el mayor se sentó sobre la escalera de mármol repetidamente, se agachó para reorganizar la camisa enrollada y regresó a su oficio natural, desentendiéndose de la situación con la sortija. 

La mujer y los dos hombres se despidieron de la niña, quien no había logrado despegar su vista de la áurea joya. Sus ojos se humedecieron de pronto, y dio tres pasos atrás hasta alcanzar la escalera de mármol. La niña agachó la cabeza mientras la mujer atravesaba de nuevo la calle. El pequeño había aparecido detrás de los dos hombres y la mujer, y permanecía petrificado frente a sus hermanos adoptivos. “Al menos tenemos los diez pesos, ¿no? Podemos comprar algo de pan, perseguir a esos señores me dio más hambre”. Dijo. 

La niña se puso de pie. La despeinada mujer había regresado entre refunfuños y regaños. Tomó la camisa enrollada y empujó al mayor para que se levantara. Los cuatro caminaron por la banqueta alejándose de la iglesia de la Misericordia. El mayor iba adelante seguido por la señora, mientras el pequeño halaba el vestido sucio de la niña intentando averiguar qué había pasado con la moneda de diez, pero ella no le prestaba atención, estaba embelesada en darle un última vistazo a la elegante mujer que se perdía ya entre la multitud ostentando su preciosa sortija.

 

Por Gus Mike Pérez
Estudiante de Español y Literatura
Universidad Tecnológica de Pereira
Por Gus Mike Pérez
Estudiante de Español y Literatura
Universidad Tecnológica de Pereira

 

 



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