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La propinita
Viernes 07 de Diciembre, 2012


La propinita

 

 

 

 

 

Por Juan Antonio Escobar.

Docente. Fundación Universitaria del Área Andina.

 

 

 

 

Alicia se había ido a trabajar temprano. Yo me quedé desnudo y adormecido entre las sábanas desordenadas. Abrí los ojos atontado y pensando incoherencias. Por una ventana se filtró una corriente de aire frío y el calor de la cama me reconfortó de inmediato. Me sentí bien y volví a quedarme dormido.

Cuando los rayos de sol se filtraron del todo por la habitación, la temperatura subió. Abrí los ojos de nuevo. Tomé el control del televisor que se encontraba a pocos centímetros de distancia de una de las almohadas. Por el canal de deportes daban un partido de fútbol de un par de equipos que no conocía. Creo que era la un clásico de la liga Israelí.

Desde la cama, la puerta abierta de la habitación dejaba ver la cocina del apartamento de Alicia. Y allí la nevera. Pensé servirme algo frío para la resaca de la fiesta que habíamos tenido la noche anterior. Cuando iba a levantarme sonó la puerta. ¿Quién podría ser? sabía que Alicia no llegaría hasta pasadas las 12.

Entró una señora de un metro con cuarenta y cinco más o menos, con evidente sobrepeso y un delantal. Pelo muy corto y mejillas regordetas. De inmediato se puso a lavar la losa sucia. Me metí dentro de las sábanas avergonzado. ¿Cómo es que Alicia no me avisó que hoy sábado venía la señora que arreglaba la casa?

La sentí silbar y mi ropa estaba a muchos metros de distancia. Permanecí metido entre las cobijas avergonzado, esperando que se me ocurriera una genialidad para poder presentármele vestido a esa desconocida. Estaba seguro de haber sido visto.

Mirando por un pequeño orificio de la sábana que ondulaba sobre mi cuerpo vi a la mujer lavando los platos. Me miró fijamente y sonrió. Me sonrojé.

Después de mucho pensarlo me enrollé las cobijas en el cuerpo y caminé despacio por mi ropa repartida por toda la habitación, sin más remedio que extenderle la mano a la señora que sonreía amablemente tras la cocina. Me metí al baño de la habitación, me vestí a toda prisa y decidí salir al encuentro de la desconocida.

- Buenos días ¿Cómo está? pregunté, porque no se me ocurrió nada más.

La señora no respondió nada. Sólo sonrió y siguió dedicada a sus labores.

- Está bonito el día. ¿Cierto? Le dije tratando de romper el hielo.

La señora me miró de nuevo y sonrió. Una sonrisa leve y maternal.

Sin más, volví al cuarto. Tendí la cama y recogí todo del suelo. Sentía que la señora me miraba fijamente.

Una vez puse todo en su lugar me senté frente al televisor y mi mirada se cruzó con la de la señora que había dejado todo el resto de la casa impecable. Un par de minutos después tomó su bolso y se despidió con una breve sonrisa. El ruido de la puerta anunció su salida.

La liga israelí continuaba. La comodidad de la cama me envolvió de nuevo y mis ojos se fueron cerrando. Me quedé totalmente dormido. Un beso de Alicia en la mejilla me devolvió al mundo. Abrí los ojos atontado. Ella estaba de pié al lado de la cama aun en traje de oficina, y sonriente me dijo:

- Veo que trabajaste toda la mañana. Yo hago el almuerzo hoy. La casa no estaba tan bonita desde que la empleada murió.

- ¿Que la empleada qué? le pregunté a Alicia incorporándome de inmediato.

- Sí, a la pobre la arrolló un auto a pocas calles de aquí. Fue poco antes de conocerte. Contestó Alicia que descargó sus cosas sobre el comedor y se dirigió a la cocina.

- ¿Y cómo era ella? pregunté con las piernas temblorosas.

- Gordita y bajita. Era una señora muy amable.

- ¿Me crees si te digo que la vi?

- Deja de ser tan pesado. Yo a esa señora la quería mucho. No juegues con esas cosas.

- No estoy jugando. Aquí estuvo la señora esa; dije con lágrimas en los ojos y el corazón acelerado.

- No es gracioso. Sentenció Alicia.

- ¡Cómo va a ser gracioso ver a una muerta¡ dije a borde de la histeria.

- No más Camilo. ¡No es chistoso!

- ¿Sabes qué? Me largo de aquí. Y salí.

El ascensor estaba descompuesto hace unos días. No tuve más remedio que bajar por las escaleras oscuras y zigzagueantes. Lo hice a toda prisa. Antes de llegar al primer piso en el tramo más oscuro de todos me topé con la señora. Sus ojos ubicaron los míos. Sonrió y me extendió un pan de una bolsa. Lancé un grito demencial y corrí como un loco. Varias cuadras, después de salir del edificio. Llegué a mi casa recé.

Alicia me llamó a la casa.

- Aló.

- ¿Se puede saber qué es lo que pasa contigo? , dijo Alicia enojada al otro lado del teléfono.

- Alicia es mejor que te cambies de apartamento le dije llorando. Donde vives pasan cosas muy malas.

- Deja la payasada. Ten la gentileza de volver acá.

- Ni loco vuelvo a tu edificio. Por favor sal de allá.

- Un momento que están tocando a la puerta.

- ¡Alicia¡ ¡No abras por lo que más quieras¡

- ¡No más¡ esto se acabó. Yo con locos no salgo. Y colgó.

Me quedé llorando, sentado en el piso del cuarto, tembloroso y esperando lo peor.

Doña Alicia, ¿Qué le pasó al joven que se fue como un loco?

Nada Gabrielita. Es un tanto extraño. Respondió Alicia alzando mucho la voz, dada la sordera de Gabrielita.

Gracias por comprar las cosas del almuerzo Gabrielita y por asear la casa. Puede irse. Le pago el día de hoy y ¡ah¡ esta propinita extra pues hoy quiero tomar una ducha y almorzar sola. Dios la bendiga 

Por Juan Antonio Escobar.
Docente. Fundación Universitaria del Área Andina.


 



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