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Un fuerte enemigo



Un fuerte enemigo


 

Por 
Gloria Inés Escobar
Licenciada en Español y Comunicación Audiovisual.
Magister en Comunicación Educativa.

 


«Su andar ha de ser en su casa, y que ha de estar presente siempre en todos los rincones de ella… sus pies son para rodear sus rincones, no para rodear los campos y las calles».

La perfecta casada, Fray Luis de León (s. XVI) 

 

Una de las cadenas que más obstaculiza el camino hacia la emancipación de la mujer es definitivamente la religión. Las instituciones religiosas aparecieron en la historia para cumplir la función de legitimar el poder, todo tipo de poder: el de unos seres sobre otros, el de unos pueblos sobre los demás, el de unas ideas y prácticas por encima de otras, el de los hombres sobre las mujeres. Y ha funcionado muy bien, para desgracia de todos, especialmente de las mujeres.

Y es que apelar a una autoridad suprahumana, omnisciente, omnipotente y omnipresente, creadora y dueña de todo cuanto existe, con potestad, por supuesto a través de sus múltiples vicarios sobre la tierra, para regular, castigar y orientar todos  los comportamientos humanos, es una verdadera jugada maestra. A través de esa figura todopoderosa los seres humanos nos empequeñecimos, aunque unos más que otros, quedamos reducidos e impotentes frente a su ley, sujetos a la voluntad todopoderosa de sus designios, atados a una gratitud perpetua por haber sido ungidos con el don de la vida, en eterna penitencia por haber cometido el error de pensar por nosotros mismos.

Bajo la tutela permanente de tal poder se nos aconseja la sumisión, la resignación, la conformidad y por supuesto, la obediencia absoluta a los dictámenes que nos llegan por boca de los elegidos por la divinidad. Así las mujeres hemos sido domesticadas para servir, parir y soportar el peso de la autoridad del hombre. En compensación nos ha sido dado un reino, el hogar y un soberano, el hombre, sea éste padre, hijo o esposo. Lo demás, el mundo, quedó adscrito a los hombres. Y así vamos por el mundo.

Es así, en nombre de la divinidad, que se ha pretendido restringir el placer sexual de la mujer, se la ha forzado a servir sexualmente al hombre aun en contra de su deseo, se la ha obligado a una monogamia exclusiva, se la ha castigado por despertar el deseo del hombre, se la ha condenado a parir sin su consentimiento, se la ha instado a alejarse del saber profano y sumergirse en el sagrado, e incluso, en alguna época de la historia, la ha arrojado a los brazos de la prostitución[1].

Y claro todo esto se ha logrado paciente, permanente y engañosamente, y lo peor, con la complicidad de millones de mujeres que por miedo, ignorancia, soledad, desamparo o pobreza, en unos casos, y por coacción en otros, han abrazado una ideología que las oprime, las daña, les resta valor, las paraliza, las humilla, las cosifica y las degrada.

La religión es realmente un verdadero enemigo de la liberación de la mujer, un enemigo, tal vez el más grande, por el peso que tiene en la conciencia y vida de los seres humanos. Un enemigo fuerte porque además ha estado aliado con los otros poderes, el económico y el político, en una relación incestuosa en la que cada uno se apoya en el otro para favorecerse mutuamente y perpetuar un sistema que procura mantener al margen a quienes explota y subyuga.

Y así de este poder máximo de la divinidad sobre el ser humano, sobre la mujer, se justifica y legitima la dominación del hombre en todas las esferas de la sociedad, la económica, política y social, de ahí la importancia de romper esta cadena que nos ata a un poder que está decididamente en contra de nosotras pero que no es invencible. La liberación es posible si luchamos por ella.



[1] Ver el caso del imperio babilónico en el que se obligaba a toda joven a que fuese en peregrinación, al menos una vez, al templo de la diosa Milita donde se prostituía en su honor al capricho de los hombres que acudían en tropel para tal fin. BEBEL,August. La Mujer en el pasado, en el presente, en el porvenir. Barcelona: Editorial Fontamara, 1989, p. 34

 

 

Foto: Isa Ebrahim



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