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El sino de nuestro tiempo



El sino de nuestro tiempo

 

 

Por 
Gloria Inés Escobar
Licenciada en Español y Comunicación Audiovisual.
Magister en Comunicación Educativa.

 

 

 

Homenajes como los dispensados en el mes de abril en Bucaramanga y, el de este mes en Medellín, al procurador de la nación, Alejandro Ordoñez, a los que asistieron lo más rancio –en su sentido literal-, de las sociedades santandereana y antioqueña respectivamente, son una muestra más del “espíritu del tiempo” que corre por esta Colombia tan mancillada por los adalides y defensores de la vida: la conjura para la imposición de una moral única basada en principios abstractos y engañosos.

Quienes dicen defender el derecho a la vida, y la defienden a ultranza, omiten en sus argumentaciones que todo ser humano vive en unas condiciones concretas, específicas y diversas, y partiendo de ellas, no de un idealismo engañoso, es que debe darse la discusión de tal derecho. Defender en abstracto la vida es tan estéril e inútil como cualquier ejercicio retórico. Pero con tal defensa, en apariencia muy humanista, no solo se esquiva la discusión en términos reales sino que veladamente se obliga a toda mujer a ser madre, algo tan absurdo como inaceptable. Portar biológicamente todo lo necesario para procrear la vida no tiene nada que ver con el deseo y la libertad que debe guiar la decisión de darla. La vida per se, no se puede comparar con la vida in situ, entre una y otra hay una enorme distancia, distancia que en el caso de la vida humana involucra contingencias de todo tipo: psicológicas, sociales y económicas, y además, muchas vidas más ya hechas, entre ellas, la de la mujer, quién es al fin y al cabo la que asume la mayor parte, sino toda, de la crianza de los hijos.

De este principio se deriva otro mandato de los diseminadores (no dije “inseminadores”) de la buena moral: la sexualidad debe ser heterosexual, practicada bajo la monogamia y bajo la sagrada bendición divina. Nada de pruebas antes (las de amor) ni después (las de los condenados infieles) del sagrado matrimonio. Muy seguramente quienes predican esta forma de vida permanecen en continencia beatífica o bajo el terrible yugo de la culpa (recuérdese que se puede pecar de pensamiento también) y no sumergidos en el oscuro y fangoso mundo de quienes creemos que el sexo y el erotismo son para ejercerlos bajo la libre opción y deseo de quienes deciden consciente y responsablemente hacerlo sin la necesidad de ninguna bendición ni bajo la premisa absurda de considerar al otro como su propiedad.

Será por eso tal vez que ver una pantorrilla o, válgame dios, un torso desnudo, no nos deja en éxtasis orgásmico ni vamos enseguida a darnos azotes o a rezar mil padrenuestros para sofocar tamaña tentación, o lo que es peor, caemos en ella y la justificamos como sea pero la condenamos rigurosamente en los otros. El sexo libre por supuesto tiene sus riesgos, un embarazo no deseado o el contagio de una enfermedad de transmisión sexual, pero precisamente por ser conscientes de ello es que se insiste en la necesidad de una educación sexual completa, continua (“de cero a siempre”), científica y sin el estigma perverso del pecado.

El sexo no tiene porqué reducirse a su función reproductiva ni mucho menos estar atado a la heterosexualidad. Tampoco tiene que estar justificado bajo la promesa de un amor eterno y exclusivo o amparado bajo la aprobación de ningún ser terrenal o extra terrenal. La historia, que no es cosa liviana, nos ha demostrado hasta la saciedad que exigir lo contrario no ha sido para nada sensato, lógico ni efectivo, al contrario, nos ha evidenciado que a pesar de las prohibiciones rígidas o no, de las razones inteligentes o no, de los propósitos sinceros o no, la vida de los seres humanos transcurre en esta vía.

Finalmente, ni qué decir sobre lo que plantean el blanquecino procurador y sus adláteres acerca de la marihuana o de cualquier otra droga, eso sí excepto el alcohol, del cual no hacen ninguna mención. Se condena el uso lúdico y placentero de las drogas pero no el del alcohol, cuyo uso y abuso acarrea tantas muertes en el mundo. Lo que debe realmente preocupar no es tanto el narcótico que se utilice sino las condiciones que llevan a un ser humano a buscar escape en su consumo. Ahí es donde hay que enfocar todos los esfuerzos.

No es el uso con fines recreativos sino la adicción, lo resulta perjudicial para la persona y para la sociedad, pero no por ser contraria a una moral determinada sino por la reducción de la autonomía que aquélla conlleva. Es tan perjudicial ser dependiente de una idea (por ejemplo, dios), de una persona (por ejemplo, de quien se ama), de una actividad (por ejemplo, un juego), de una sustancia (por ejemplo, el alcohol), de un criterio (por ejemplo, el de la moda), etc., como de cualquier cosa que se convierta en algo sin lo cual no se puede vivir porque precisamente su falta puede llevar al abismo, al descontrol absoluto, a la pérdida de la razón.

El procurador, su camarilla de seguidores y sus respetivos círculos familiares que tienen la desventura de tener que sufrirlos, tienen todo el derecho de vivir y organizar su vida de acuerdo a sus creencias e ideas (vivir bajo la ley sagrada de la religión, evitar el uso de cualquier sustancia psicoactiva, copular exclusivamente con su cónyuge y sólo con fines reproductivos, dar la bienvenida a todos los hijos que puedan engendrar, extirpar cualquier deseo que contravenga su moral) pero que sus principios y valores quieran ser impuestos al resto de humanos que habitamos este país como la única manera de vivir, a través del poder que detentan, es una triste desgracia que muy a nuestro pesar se ha convertido en el sino de nuestro tiempo.

 



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