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Giovanny Gómez: Entre lo invisible y las humaredas del insomnio



Giovanny  Gómez: Entre lo invisible y las humaredas del insomnio

 

 


Por. Rigoberto Gil Montoya
Escritor

 

 

 

A veces el poema

es una lengua extranjera

y esta voz no se acostumbra a esos balbuceos

donde dioses empalados le recuerdan su carne

como niebla perdida en la noche.


“Un ruido amarillo en la madrugada”, Casa de humo


Todos vuelven a su soledad

la vida que es se va

como esos trazos que dibujamos

en los vidrios húmedos de la ventana.

“Tus palabras de nuevo”, Lo invisible

 

Por naturaleza, el poeta es un ser solitario, frágil y pensativo. No logro verlo en el privilegio de recibir, de manos de una divinidad burlona, una sentencia reveladora al destino ineludible de los mortales. Tampoco logro verlo en el papel de un amanuense a quien se le encomendara la delicada tarea de descifrar el mensaje hallado en una botella de jerez, en las frías aguas del Cantábrico. Si aceptara que es distinto, estaría admitiendo que se trata de un ser excepcional, que sólo podría respirar, sin peligro y con asepsia, en las altas torres de marfil, aptas para esconder la flaqueza de un ideal hecho a la medida de los románticos del mal del siglo, esa época en que grandes lectoras, Emma Bovary y Anna Karenina, no tuvieron fuerzas para soportar la lucidez de sus conciencias.

Sin ningún halo de protección, me gusta ver al poeta en la calle, preocupado, cabizbajo o alegre. Me gusta imaginarlo empujado por la mano sucia de un Baudelaire bohemio, rumbo a un prostíbulo del centro de París, o bajo las presiones cotidianas de un Silva acosado por las deudas y dispuesto a cerrar el martes 12 de mayo, y para siempre, su almacén de productos importados. Al verlo solitario reconozco en las huellas pasajeras que va dejando tras de si la carga de su humanidad, la memoria de sus muertos, el fardo agotador de sus equívocos. Al detenerme un poco en las líneas de arena que perfilan sus pasos en falso, descubro en él la inconsistencia de su temple, la indecisión en su carácter. En el iris de sus ojos aguados advierto que es proclive a sentir miedo en la orilla del mar, mientras percibe con asombro en la rugosidad de la piel aquello que la corroe cada madrugada.

Este poeta, que suele confundirse entre la muchedumbre, que teme a los impuestos de valorización y pide rebaja por un par de mangos verdes en el mercado de barrio, discute en el sueño lo que es aterrador en la vigilia, discierne al mediodía lo que es angustia en el insomnio. Es tan humano el poeta que primero pregunta por la dirección de una cabaña en la Península de Nicoya o se esconde detrás de las puertas de una casa que soñó en la arena y luego, mirando hacia el horizonte, interroga en las grietas de su sensatez si llegará el día en que las palabras pueden visitarlo para nombrar sus silencios: “Solía  tener  sueños/ donde  las  palabras  que  decía/ no  tenían  idioma  alguno/ sonido  alguno”, escribe Giovanny Gómez en su poema “Bocanada”, de su primer libro Casa de humo, publicado en el 2006, luego de que obtuviera con él un premio nacional.


Solitario, pensativo, frágil y temeroso. No me atrevería a decir que sean virtudes para un poeta de este tiempo. Pero tampoco creo que sean defectos, sobre todo cuando lo entiendo olvidado de los dioses, arrojado a esa larga marea que es la vida y su constante resonar en las piedras de antiguos volcanes y en el barro seco de serranías cuarteadas por el hostigante verano de los pescadores del Pacífico. Lo que sí me atrevo a decir es que al revelarse solitario, pensativo y temeroso el poeta se resuelve íntegro, humano, bastante cerca del sino de los otros, bastante lejos del deseo de mentir. Justo en ese momento decide escuchar la música de la vida, el sonido de cobre y timbales de lo innombrable y empieza a crear, es decir, a escoger de entre las muchas palabras –sobre todo las que tejieron el murmullo de su infancia– aquellas que logren resolver en algo sus inquietudes más profundas, su perplejidad frente al hecho misterioso de existir.

Al saberse vivo, el joven poeta se aferra a las ceremonias habituales que le garantizan un lugar, unos afectos, como esa entrañable “costumbre  que  lo  persigna  siempre  al salir  de  casa”, según deja escrito en el poema “Sin preguntar nada”. El poeta escoge un sitio para pensar y desde allí aclara de qué está hecho su tiempo en la privacidad de su morada: “Con  tanta  devoción  busco  respirar  en  soledad/ en  el  interior  de  esta  habitación/  quisiera   que   no   se   escuchara   más   fuerte   el   ruido   de   la/ calle (“La pregunta ante la puerta” de Casa de humo).

Para cuando tiene conciencia del peligro en la realidad urbana, el poeta ya ha deslizado sus pasos por una encrucijada brillante en los cuchillos de sus malevos nerviosos; ya patina en una acera bordeada por el musgo o está a punto de gozar la presencia de un cuerpo que voltea en una esquina con ventanas de hierro forjado, para instalarse de súbito, como recuerdo, en los amplios aleros de madera verde. Ya es tarde para retroceder, porque ya ha tocado a la puerta de su Casa de humo y pronto la urgencia de nombrar le abrirá con sus dedos asonantes o consonantes un postigo y una voz tan humana como su temblor, le preguntará qué hace ahí, qué quiere, por qué tanto afán de romper el silencio, por qué escoger las palabras y no otro material de su tierra que le dé forma a un desasosiego ancestral. El poeta dirá entonces:


         A   veces   me  pregunto   por   estas palabras   que   saben

          morder  en  los  sueños

          por  las  frases  interminables  y austeras  que  digo  dormido

          por   la   piedad   que   siento   hacia   mí   cuando agradezco  cada  día

         como  si  la  vida  fuera  devorada  de  una  vez

         y  me  dejará  sin  piel  con  la  que  pueda  tropezar  de  noche.


         (“Un vestido de noche” de Casa de humo).

 

Un tanto más aliviado consigo mismo, aunque no con sus fantasmas, el poeta dará vuelta atrás y escrutará que existe un mundo y que es necesario cerciorarse de su extrañamiento. Entonces sabrá que “no  tiene  verdad  definitiva  la  realidad”. Comprobará el miedo al vacío, a la inexpresividad, el miedo del artista frente a la ausencia de una palabra que se le escapa, como el lodo, de sus manos resecas: “en  esos poemas  insuficientes / que  no  nos  sucederán  ahora/  que  no  serán  nunca”. Comprobará, al fin y al cabo,  que es un ser humano en acción, buscando palabras para hacerse a una memoria, para tejer sobre ella su soledad, su pensamiento, mientras busca apaciguar los temores al vacío. Justo ahí, en la comprobación de lo humano, el poeta dará paso en su voz a lo invisible, bajo una premisa sustancial y recóndita: Las palabras vuelan, los escritos permanecen. Verba volant, scripta manent.

Quizá porque ya ha pasado un tiempo en su experiencia de vida; quizá porque ha tocado varias veces las puertas de otras Casas de humo, el poeta ha resuelto decir algo más en un murmullo: ese balbucir un verso con el eco necesario de otros versos y otras voces: Barba Jacob, Hölderlin, Teillier, Pacheco, Robinson Quintero, Amílkar Osorio. Así, el poeta persigue un estilo que le señale el rostro de los seres anónimos, que le permita comprenderlos en la sutileza de sus rictus. Será entonces lo invisible, anudado a un lenguaje interior, otro modo de agradecer la brisa de un nuevo día, la lluvia menuda de la ciudad mezclada con el aire de las cuatro de la tarde. Lo dice mejor William Ospina en su presentación al primer poemario del poeta Gómez: “la búsqueda de la poesía es una exploración de las posibilidades del lenguaje (…) Y la conquista está en descubrir que las palabras son poderosas ante lo visible y ante lo invisible”. También lo dirá mejor Juan Vicente Piqueras en otro prólogo: “Las  palabras hablan   siempre,   igual   que   las   personas,   de   sí   mismas.   Digan   lo   que   digan. Hablen   de   lo   que   hablen.   Las   palabras   tienen   su   nido   en   lo   invisible”. Con su fuerza, con el poder que le confiere el poeta para hablar de sí mismo en la piel de los otros, las palabras buscan hacerse visibles en el poema y con la vigencia de resonancias arcanas, vuelven a decir, a pronunciar lo que ya los dioses muertos alguna vez pronunciaron.

Lo invisible es, en este segundo libro que hoy celebramos del poeta *Giovanny Gómez, tal vez la mayor claridad del poeta íntimo, entregado, sobre todo en “Los vientos de las soledades”, a explorar con emociones su propio albur, sus propios secretos. Allí su voz se hace brillo y el lenguaje no se opaca, pero ocupa un segundo plano. Hallamos claridad en esta voz joven al evocar los elementos esenciales del afuera: el aire, los árboles, las calles, un pájaro que no es palabra, las lluvias, las hojas secas, el sol que todo lo calcina, el viento que contamina una esperanza, las sombras, los sonidos. Luego vienen los elementos esenciales del adentro: las puertas, los cuartos y techos, las alfombras como mapas, el paso del tiempo que gotea en la cisterna, las grietas como un estado del alma. En la mezcla de estos elementos, en la honda sensación que producen su confluencia en el poeta solitario, sucede el verso y la evocación de algo que se sugiere misterioso y diáfano al mismo tiempo: “una pregunta/ más palabras lejos de mí”(“Dedos”); “Un bosque de sombras busca la memoria” (Despertar”); “porque la luna está vieja/ Cada uno busca de la vida un instante” (Despertar”); “pero las palabras no se van conmigo ni se vuelven pájaros” (“Rue Laviolette”); “todas las palabras crecen” (“Pasó como un sueño”).

Giovanny Gómez es un poeta virtuoso y efectista, que logra construir en metáforas cotidianas su experiencia de mundo. Posee la claridad del viajero nostálgico (“Lejos es la ciudad de donde partimos/ Lejos es el lugar al que venimos”). Posee además la sutileza con que hace del movimiento la posibilidad de atrapar en las palabras lo que, por lo fugaz (“El sonido de unas llaves”), suele perderse en el mareo de un segundo: “El Sol se refleja en el metal de un avión/ apenas vemos la dispersión de nubes/ y no sabemos del aire que nos lleva”.

Con todo y lo íntimo que subyace en Lo invisible, destaca una voz, o mejor un tono que se torna neutral, capaz de narrar, con imágenes, una serie de epifanías, de hechos reveladores, sin ningún tipo de dramatismo, como si el poeta partiera de una certeza: no es a él al que sólo le ocurren las cosas y no siempre podrá acertarse en aquello que quiere decirse: “Algo se queda sin decir/ cuando hablamos de nosotros” (“Nuestras vidas”). A esta certidumbre se agrega otra más profunda, ligada a una hacer con el lenguaje: “Y sus palabras se deshicieron como papel mojado/ en el charco de los días” (“Lo invisible”).  

La voz que toma forma en la poesía de Giovanny Gómez la encuentro afín a una tradición poética fortalecida por autores como Gaitán Durán, Zalamea y Cote Lamus. Una poesía que se renueva en torno a las revistas Mito y Eco. La voz del poeta Gómez es muy personal, diría íntima. Tal vez de ahí proviene su preferencia por aludir a los lugares cerrados, a la morada que se añora por fuera de casa. En estos lugares la voz personal se hace eco de unas circunstancias humanas. “Qué puede intentar el poeta? –se pregunta William Ospina al visitar la Casa de humo–. La sinceridad de un tono, la autenticidad de una búsqueda, el miedo a las palabras que a veces lo prometen todo, que a veces incluso lo dan todo, pero que saben también revestirse de hosquedad y de silencio, negar sus dones, desamparar de todo sentido este mundo que urge y que abruma”.

El poeta logra, a partir del tono que le imprime a cada imagen, tomar distancia de sí mismo, para dar cuenta de los hechos más sutiles en el existir individual. Esa sensación se consigue con mayor solidez cuando se habla del cuerpo que transmite una emoción duradera. Hoy celebro una de ellas: mientras el poeta siente el vaivén del agua en las arenas de San Andrés Islas, llega la epifanía y logra significar el amor en un verso memorable: “una rémora en la piel de un tiburón”. Hoy quiero celebrar con ustedes el lenguaje, las imágenes que Giovanny Gómez hace visibles en su firme labor poética.


*GIOVANNY GÓMEZ. (Bogotá, 1979). Fundador y director de la Revista de Poesía Luna de Locos y el Festival Internacional de Poesía de Pereira. Su primer libro Casa de Humo recibió el Premio Nacional de Poesía "María Mercedes Carranza" en el 2006 y, el Premio Letras del Mundo en el 2012, otorgado por la editorial mexicana Ediciones Sin Nombre. Su segundo libro Lo invisible, ganó la convocatoria en poesía de la colección Escritores pereiranos en 2014. En la actualidad dirige el taller de creación literaria La poesía es un viaje en la biblioteca del Banco de la República de Pereira.


Instituto de Cultura de Pereira




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