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Verde Sur
Miércoles 03 de Junio, 2015


Verde Sur


 

Por: Jáiber Ladino Guapacha


Existe una ruta por la que la narrativa colombiana sigue avanzando con entusiasmo y energías renovadas: la novela histórica. La reflexión sobre esta etiqueta particular, ha llevado a la creación de poéticas en las que el tono sepia, que caracteriza las imágenes de la nostalgia, se va haciendo de muchos más colores, cuando el autor, la autora, más que recordar momentos y personajes “históricos”, se ha propuesto vivir los personajes que problematizan esos relatos que hemos aceptado aún cuando nos resultan incómodos, falsos.

La bibliografía de novelas históricas que se han escrito en nuestro país, permite observar cómo los periodos de conquista, colonización y gesta libertadora, son los que más atraen el afán y la dedicación de los narradores. Durante ese recorrido, el paso del tiempo y la curiosidad de los investigadores, han permitido nombrar instantes del camino con el título de obras que se convierten en canónicas para comprender la historia del país, a la par de la historia de la literatura colombiana. Por ejemplo, la vereda ancha y polvorienta por la que África se hizo de nuestra sangre también, suele llamarse Chango, el gran putas y también La ceiba de la memoria.

Otra cantera suele ser la de los héroes y heroínas, con Simón Bolívar encabezando la lista. La humanidad del Libertador, su grandeza, sus miserias, sus antagonistas, su herencia para la Colombia actual. También se encuentra esa actitud valiosa que le devuelve la lozanía a la novela histórica cuando se pregunta por los hombres que, en el retrato del héroe, aparecen de fondo, entre las sombras.

Esos interrogantes que el archivo y la lúdica creativa contestan, van mucho más allá de la satisfacción de una curiosidad, para explicar comportamientos y tratos a los que hemos terminado acostumbrándonos sin darnos cuenta de que son una perpetuación del rencor. En ese escuchar el relato del foráneo, nuestra ética se transforma: se amplía tanto que da lugar al otro y sus preocupaciones se hacen nuestras también.

He ahí el valor actual de una novela histórica como Verdes sueños de Cecilia Caicedo. Su narración sobre el trágico diciembre de 1822 en la ciudad de Pasto, explica el por qué de la aparición de un héroe contrarrevolucionario como Agualongo, quien encarna una figura protectora, defensiva, de los mestizos que no veían a Bolívar más que como un agitador, que hacía temblar todos los valores con que habían sido educados hasta entonces. Se trata de una obra, entre la ficción y el archivo, que cuenta la lucha de las etiquetas fiel/infiel, ilegal/legal que cambia con los triunfos y derrotas de unos y otros.

La novela de Cecilia Caicedo cuestiona el aparato crítico del lector que se entera por primera vez de la violencia ejercida contra los habitantes de San Juan de Pasto, por la turba eufórica de un ejército que se envalentonó por las victorias contra los realistas, a pesar de las situaciones de desventaja en que se encontraban.

Estos soldados que dejaron el arado, el socavón, la servidumbre para unirse por la autonomía americana, cayeron en la ebriedad temprana de sentirse justificados y con derecho de saquear a sus semejantes, en el cumplimiento de sumar voluntades mediante actos de amedrentamiento y purga política de quienes se opusieran a aceptar de buenas a primeras la lucha contra la corona española.

De esa debilidad, de ese atropello que comete el hermano desarraigado contra el que ha adoptado como forma de vida la sujeción a la ley, se levanta entonces Agualongo como un último reclamo de la dignidad.

Contra esa idea malentendida de la masificación, en la que no hay adhesión sino alienación, Cecilia, la ensayista reconocida, se torna en una creadora de poesía con el uso de las palabras, la marca de su ritmo propio, y la sugerencia de una imagen balsámica: una abadesa que en el mundo se llamara Hercilia, y que en religión fuese Teresa.

De esta manera, mientras que Cecilia reconstruye un Agualongo, personaje histórico devoto de la España lejana, a pesar de la evidencia del yugo que representa esa fidelidad, también crea un personaje cuyas condiciones de vida religiosa, le permiten a la novela vuelo y calma.

“Sor Teresa recogió a su hermana. Le quitó la ropa lenta y amorosamente, pidió agua tibia y pétalos de rosa, la bañó con sándalo y con sauco para aliviar el cuerpo, ordenó una infusión de tilo para el alma y la acostó vestida de novicia en el jergón más nuevo (Pág. 124)”

Desde esa feminidad que la castidad exalta, la abadesa se convierte en una figura contundente de lo que han sido las mujeres en la historia colombiana: las compañeras entusiastas por los sueños de transformación social (Hercilia admira al Bolívar que lee en sus aventuras con Manuela), que anteponen a la lucha el deber solidario de sostener al que reclama su honra, curar las heridas de los combatientes y reconstruir las ciudades para las otras familias.

“En la noche decembrina no lo ayudó a vestirse [a Agualongo] para un juego, lo vistió sin prisa, rumiando pensamientos de dolor por su ciudad, su madre, su padre, su cuñado, por los señores todos a los que ella conocía, y cuya lista se la hacía repetir una y otra vez. También pensaba en su teniente, pero igual no podía dejar de pensar en los argumentos que tenía Bolívar. Sabía de sobra que el mulato venezolano quería lo mejor para su patria (p. 102)”

De hecho, se puede notar cómo la acción se detiene en Hercilia y se acelera en Agualongo, como si la mujer, lo femenino, el alma, se preparara para recibir en sus entrañas al guerrero que apremia la batalla.

En esa relación erótica se explica también ese juego de narradores que propone la obra: una narradora anónima y un tal Pedro Manrique, quienes se cuentan los relatos de su amada Pasto, revisan la historia de su terruño, en un diálogo entre el alma sedienta de poesía y una mente erudita.

Comprender el juego erótico que propone Cecilia, mezcla de humor e intelecto, puestos más allá de la genitalidad pero afincados en el mismo cuerpo, irrenunciables, abre posibilidades para re-significar el mestizaje del que hemos nacido, que a pesar de recordarnos que la violencia de los poderosos sobre los débiles nos condena a ser tanto de un lado como de otro, también es la posibilidad de construir sociedad con el uno y con el otro.


Cecilia Caicedo Jurado. Verdes sueños. Bolívar, el diciembre trágico de 1822. Ediciones Sin Nombre; Universidad Tecnológica de Pereira; Frisby S.A. Pereira, 2014

 



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