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Borges y Mafalda
Viernes 03 de Julio, 2015
Por: Jose Hoyos


Borges y Mafalda



“Tener la mente en perfecto estado es lo peor que le puede pasar a un hombre.”


Por: Jose Hoyos

@nocondice



Una reconocida publicación argentina dijo en su edición de julio de 1981 que Borges no existía. El artículo se titulaba “Borges no existe” y estaba firmado por el jefe de redacción  Aníbal D’Angelo. Sostenía que Leopoldo Marechal inventó el seudónimo “Jorge Luis Borges” para firmar los escritos que no quería publicar con su nombre. Tiempo después, a la patraña se sumaron Mujica Láinez y Bioy Casares y entre todos le inventaron un pasado y una personalidad. El invento cobró vida y sobrepasó a sus creadores. Para darle cuerpo al personaje tuvieron que contratar a un tal Aquiles Scatamacchia, un desconocido pero talentoso actor uruguayo. Le dieron unas clases literarias y enciclopédicas, le enseñaron a respirar endecasílabos, y lo soltaron al ruedo (María Kodama vino a descubrir la mentira poco después de casada con él).

La publicación concluía diciendo que la Academia Sueca estaba al tanto de la farsa, “por esa razón a Borges nunca le darán el Nobel”.Cuando le preguntaron a Borges sobre el asunto, respondió: “No soy uruguayo ni soy actor, aunque no estoy seguro de existir, imagínese que ni siquiera sé la fecha de mi muerte. Soy todos los autores que he leído, todas las ciudades que he visitado, todos mis antepasados.” Vaya paradoja, Borges inventa a Herbet Quain, Pierre Menard y otros tantos escritores, y a su vez es inventado por terceros: el cíclico juego borgeano del soñador soñado, solo que ahora hecho realidad.

Mafalda vio la tinta por primera vez en 1964 y se convirtió en la niña más contestataria del humor gráfico latinoamericano. Joaquín Salvador Lavado “Quino” la concibió como un truco de publicidad que le encargó la empresa de electrodomésticos Mansfield: debía colar una historieta en la que todos los nombres de los personajes empezaran con “M”. Le pagaban siempre que lograra deslizar el oculto mensaje publicitario en los periódicos en que publicaba la caricatura. Quino echó mano del nombre de una niña que aparece en la película Dar la cara. De modo que Mafalda nació como un engaño, y también duró poco, porque cuando en los periódicos detectaron el truco mandaron a Quino al quinto carajo.

Para entonces ya el personaje tenía vida propia y pudo encontrar techo en la revista Primera Plana, donde la maliciosa muchachita pasó toda su niñez (la que todavía continúa). Fue allí donde los personajes de la historieta alcanzaron a convertirse en personas pensantes, mordaces, irónicas, divertidas, geniales. Todo el desparpajo de Mafalda es el opuesto de su creador, pues aunque Quinoes amable como una gelatina, padece de ultratimidez, es silencioso y retraído. Cuando era joven asistió a una conferencia de alguien a quien leía y admiraba, un tal Jorge Luis Borges. El auditorio estaba repleto y Quino se sentía minúsculo. De pronto se le ocurrió una pregunta brillante, y en un gesto que lo sorprendió hasta a él mismo, se puso de pie y le preguntó si no pensaba, maestro, que el verbo “aguaitar” podría compartir una raíz latina con otros muy parecidos en otras lenguas (agguato, en italiano; await, en inglés). Borges le contestó en seco: «No», y siguió hablando de otra cosa. La vergüenza fue tal, que Quino se vio tentado al homicidio.

Si algo une a Borges y a Mafalda es la sabiduría intuitiva, el humor y la economía de lenguaje. Sus textos dejan ver gran capacidad para sacar de un solo golpe de palabra, varios rizos de viruta. Ambos comparten una particular visión del mundo, y se valen de la ironía, el humor, el ingenio y la fantasía para señalar eso que los simples tilingos no percibimos por andar hasta las orejas de pragmatismo. Así lo supiéramos, no bastaría, habría que saber decirlo. El mundo entero les cupo en la cabeza porque contaban con el recurso ilimitado del lenguaje (“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, dijo Wittgenstein).

Basta con echar un vistazo a las tiras de Mafalda para advertir que temas como la política, la guerra, la justicia, Dios, la humanidad o el porvenir, son comprimidos al mundo de los niños, y ya sabemos que el mundo de los niños es inmenso, profundo, perspicaz (Mafalda está sentada con cara de asco frente a un plato de sopa. Su mamá le dice que los niños que no se toman la sopa se quedan siempre niños y nunca llegan a ser grandes, a lo que Mafalda responde: “Qué tranquilidad reinaría hoy en el mundo si Marx no se hubiera tomado la sopa”).

También sabemos lo descomunal que es el mundo borgiano: prosa hechicera y sutil inteligencia (“No hay causa para que consideremos que un sueño es menos real que el contenido de un diario de hoy, o que las cosas registradas en el diario de hoy”),y al mismo tiempo su fantasía es de una precisión tan milimétrica que se hace verosímil: un periodista español se sintió muy ofendido porque Borges no le dio la dirección exacta de la calle Garay donde estaba El Aleph. Esa parece una anécdota sacada de una caricatura, pero fue real. Las personas normales solían volverse idiotas en presencia de Borges, debe ser porque tener la mente en perfecto estado es lo peor que le puede pasar a un hombre.

Mafalda nació como un engaño, a Borges en cambio lo quisieron convertir en engaño después de viejo. Acostumbradas a la medianía, a las personas comunes les cuesta creer que hayan sido reales inteligencias del calibre de Shakespeare o de Borges.Por eso salieron con el cuento ese de Scatamacchia. Tal vez fue porque Borges desplegó un carácter tan sobrenatural que terminó por parecer imposible, irreal. Y Mafalda, que solo fue una caricatura de tinta, cobró vida a punta de ingenio y agudeza, echando al piso la sentencia de Stevenson de que el personaje de un libro es tan solo una ristra de palabras. Borges fueel asombro de las mentiras fantásticas y Mafalda el humor de las verdades mordaces.




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