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La cremación, "Desterritorialidad del ser"
Sábado 03 de Octubre, 2015
Por: Alexander Granada Restrepo


La  cremación,


Por:   

Alexander  granada  Restrepo (Matusalem)

(lascaravanasdematusalem@hotmail.com)


La cremación o incineración de difuntos es una práctica milenaria que ejercen tempranamente muchos pueblos orientales, donde, no sólo fue aceptada completamente, sino que sus guías espirituales terminaron prescribiéndola como obligatoria en sus rituales funerarios.

En occidente y en el oriente próximo hubo casos notorios como el pueblo de los cananeos – que habitaron la tierra del actual Israel -, quienes en sus rituales funerarios practicaron la incineración de sus difuntos, como los testimonian los hallazgos arqueológicos fechados para aquella época. Los egipcios en la antigüedad no practicaban la cremación de sus difuntos; al contrario, buscaban su conservación, embalsamando sus cadáveres y consiguiendo su posterior momificación; siendo la sepultura de sus muertos uno de sus rituales más importantes.

En la península itálica, luego de la llegada de los Etruscos, como nos insinuó Heródoto, los rituales funerarios no incluían la cremación de los difuntos, los cuales eran sepultados en tumbas elaboradas con arte y con esmero para conservar los sagrados huesos. Luego de la aparición del pueblo Romano y en rechazo a todos los componentes importantes de la cultura etrusca, decidieron cambiar sus ritos funerarios, involucrando la cremación de sus difuntos, especialmente por motivos sanitarios y prácticos. Los Romanos incineraban sus muertos en las afuera de Roma para prevenir la llegada de alguna peste y para no agrandar innecesariamente sus cementerios.

El pueblo Hebreo no practicó la incineración de sus difuntos, siendo para ellos la conservación de sus huesos algo verdaderamente sagrado. Las sagradas Escrituras nos cuentan que Isaac e Ismael sepultaron a su padre Abraham en la cueva de Macpelá; que estaba cerca de Mamré (gen 25:7-10). Los huesos del patriarca Abraham aún se pueden conocer y están bajo custodia de autoridades judías, cristianas y musulmanas.

Cuando Jacob (luego llamado Israel), se desplaza a Egipto en busca de su hijo José, les pide a los hijos que cuando muera, no lo sepulten en Egipto, sino en la tierra de Canaán. Los hijos de Jacob, luego de la muerte de su padre, lo llevan a Canaán y efectivamente lo sepultan en la cueva que está en el campo de Macpelá frente a Mamré, en el mismo lugar donde se halla sepultado su abuelo Abraham. José, hijo de Jacob, quien administró exitosamente a Egipto, sabiendo que un día todo su pueblo saldría de Egipto, le hizo jurar a sus hijos que para cuando ese tiempo llegara, sus huesos fueran sepultados en Siquen en la tierra de Canaán, en el terreno que su padre Jacob compró a los hijos de Jamor. Con fidelidad cumplieron el juramento los hijos de José, pues Moisés, cuando sacó al pueblo de Israel de Egipto para llevarlo a la tierra de Canaán, llevó entre sus pertenencias, los huesos del cuerpo momificado de José, y sus descendientes hicieron la sepultura (Josué 24:32)(Heb 11:22)(éxodo 13:19).

Cuando los israelitas habitaron la tierra de Canaán, como lo había ordenado el Dios Único, el Todopoderoso, Dios de Israel; continuaron la práctica de sepultar sus difuntos, y a la cremación la consideraron  una práctica oprobiosa contra el fallecido y contra Dios, como lo revelan las palabras del profeta Amós:

Así dice el Señor: “Los delitos de Moab han llegado a su colmo; por tanto, no renunciaré

  A su castigo: Porque quemaron los huesos del rey de Edom hasta reducirlos a ceniza.

  Yo enviaré fuego sobre Moab que consumirá las fortalezas de Queriot, y morirá Moab

  En medio de estrépito de gritos de guerra y toques de trompeta”. (Amós 2:1-3)

Ya en Jerusalén en el tiempo nuevo observamos, sobre este asunto, los sucesos de la muerte de Jesús y nos dicen las sagradas Escrituras que uno de sus discípulos, José, hombre rico de Arimatea, solicitó a Pilato el cuerpo de Jesús, y luego de perfumarlo y envolverlo en sábanas, lo sepultaron en el sepulcro nuevo,  que habían excavado exclusivamente para aquel doloroso, inolvidable y escandaloso suceso.

En nuestro tiempo los estados laicos con la aprobación de casi todas las corporaciones religiosas (para la iglesia católica véase el Concilio  Vaticano ll de 1964 y el Ritual de las Exequias promulgado el 15 de agosto de 1969), practican la cremación de los difuntos, encontrando con este ritual la llegada de un lucrativo negocio que comparten, sin ningún pudor, las corporaciones religiosas (católicas y no católicas) y los nuevos ricos que se enriquecieron con el negocio de los muertos.

Podemos afirmar, entonces, que la cremación de los difuntos, no fue, ni es, una práctica de los hebreos, de los israelitas, de los judíos posteriores, ni mucho menos de los cristianos, como  instruye con claridad las sagradas Escrituras.

En algún sentido la cremación de un difunto es una desterritorialidad del ser, donde si bien químicamente se puede seguir permaneciendo en la naturaleza en forma de gases  y ceniza; orgánicamente es una renuncia a la existencia en el reino de los humanos, a la creación.

No digo que se pierden con la cremación las diferencias radicales del ser, en un contexto político en cuanto a lo político; sino en una postura política en cuanto a la aparición de un problema ético. Si se cambian los pilares de nuestros mitos principales y con ellos los ritos que fundamentan nuestras creencias y nuestro bien-hacer; modificamos, a la vez, nuestro territorio mítico, nuestras fronteras espirituales y terminamos rechazando, sin un sustento de Verdad, toda la memoria guardada en nuestra preciosa ancestralidad.



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