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Descenso
Domingo 27 de Marzo, 2016


Descenso



Por: Jhon Osorio



A las tres de la mañana, tomó la calle veintiuna para empezar el descenso hacia su casa. Era un jueves solitario, de lluvia prolongada, de putas que llevaban horas en esa esquina sin que nadie viniera por ellas. Su cuerpo, un poco mareado por el aguardiente, trataba de seguir una línea invisible que simulara ante cualquier desconocido que su estado era óptimo para defenderse de algún ataque de la noche.

Atrás había dejado el jolgorio de un centro híbrido en sonidos tristes y melancólicos que emanaban de las viejas cantinas que aun se resistían a morir. De hoteles de mala muerte, casinos, muchos casinos que iluminaban las calles por donde iba pasando. En los mostradores de los almacenes, los maniquís continuaban estáticos con unas poses que no correspondían con esas miradas petrificadas.

Descolgó lo que hace muchos años era una montaña tupida de café, cantos de pájaros y campesinos que atravesaban aquella loma por senderos estrechos de tierra. Pero que ahora, habían sido pavimentados para dar paso a los vehículos, a los concesionarios, prenderías, parqueaderos, bancos…

A esa hora sólo se escucha el eco de sus pasos sobre el asfalto húmedo y su sombra se refleja en las paredes. Pasaban carros como de otras dimensiones a velocidades descomunales, mientras el círculo rojo de los semáforos era víctima de la anarquía. Sonámbulos taxistas charlaban con su radio, con sus asientos vacíos. El sonido de una ambulancia le advirtió que ahí llevaban a un herido de riña callejera, un desangrado de botella, una anciana con taquicardia.

Los edificios parecían absorberlo y se sentía como el personaje de un comic de misterio, que alguien leía en ese momento. Caminó con las manos entre los bolsillos, con billetes de Gaitán arrugados en cada uno, dos monedas de doscientos y unas llaves medio oxidadas con las que abriría la puerta de su apartamento.

Al otro lado de la calle una silueta caminaba paralelo a él. La oscuridad le advirtió por un momento, que era un psicópata con un hacha dispuesto a clavarla en su espalda al menor descuido. Escuchó sus pasos acercarse y una canción de suspenso como en las películas. Pasó por una rendija de luz y entonces pudo ver que era la silueta de una señora de avanzada edad con una bolsa en la mano, que camina nerviosa mirándolo desconfiada, como si fuera él quien pretendiera hacerle daño.

Un gato husmeaba entre la basura de un restaurante chino. Cuando lo vio pasar, sacó su cabeza de la bolsa y se quedó estático mirándolo, mientras él avanzaba ya hacia la otra calle. Allí se encontró en un callejón oscuro, repleto de grafitis con figuras psicodélicas que parecían cobrar vida a medida que él iba pasando. Se vio rodeado entonces de máscaras extrañas, primates que se asomaban desde sus cuevas y figuras distorsionadas.

Se preguntó entonces por la ciudad que había detrás de los muros de aquel callejón, repleta de individuos que entraban y salían por los huecos de las alcantarillas para dar justo al otro lado de los muros. Donde jeringas usadas y chozas de cartón, eran el pan de cada día. De las alcantarillas brotaban los individuos que parecían zombis saliendo de las tumbas, y sus cuerpos demacrados empezaban a recorrer la ciudad, sedientos de polvo de ladrillo, huesos de pollo que sobraban de los restaurantes y colillas de cigarrillo que algún ejecutivo arrojaba al suelo.

Cruzó ileso la calle. Pronto empezó a ver de nuevo la luz artificial de las bombas de gasolina, y a escuchar la música popular que se oía en las discotecas. Se topó con borrachos amistosos que le ofrecían una copa y atravesó con sosiego las calles aledañas a su barrio. Por un momento le dio por mirar atrás, y  se dio cuenta que no había sido nada. Sólo la ciudad.


Fotografía por: jusezam en 500px.com



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