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LA UNIVERSIDAD DE LOS TORNIQUETES
Martes 29 de Marzo, 2016


LA UNIVERSIDAD DE LOS TORNIQUETES




Por Alberto Antonio Verón

Doctor en Historia

Profesor Titular

UTP




Introducción de un investigador  “junior”


Estimado profesor León Felipe Cubillos cuando era niño  y la calle 14 resultaba una calle estrecha por la que bajaban los buses, existía en toda una esquina, -lo que hoy es la carrera 10 con 14- una tienda  construida en bahareque, donde los autobuses públicos de urbanos Cañarte debían detenerse  y hacer timbrar la tarjeta  en la que  aparecía la hora y el número de su recorrido por ese mismo lugar. EL lugar era conocido  como  la tienda  “del  Control”.  Luego el autobús seguía su camino, repleto  de muchachos con zapatos de goma y camisas desabrochadas hasta el pecho, que en aquellos primeros años de la década del setenta se dirigían a un lugar de frontera, en el extremo de la ciudad, conocido como la Universidad Tecnológica de Pereira. Fuera de ser un lugar de frontera en el barrio de Los Álamos, en  “el fin  del mundo” de la ciudad –es bueno recordar que pocos pereiranos tenían carro en aquellos años y las motos resultaban escasas, salvo alguna lambreta italiana; no llegaban todavía las Kawasaki, salvo los estudiantes y profesores, muchos ciudadanos de la época no conocían veredas como Mundo Nuevo. Con esto quiero decir que la Universidad Tecnológica de Pereira  fue la entrada de Pereira a lo desconocido, a lo nuevo, que llegaba de la mano de la educación.

Eso no lo saben los cientos de muchachos que semestre tras semestre llegan a  un campus, cada vez más cerrado y hermético, por motivos ya no de distancia, sino de seguridad. Muchos de esos muchachos  provienen de barrios estigmatizados por la violencia, en ocasiones ni ellos lo saben, pero son verdaderos héroes de la vida, porque han logrado entrar a la educación superior,  y han protagonizado desde niños un combate para poder estar en el llamado campo universitario: peleado a puño con el desplazamiento  que les saco del Chocó o de Tumaco,  con la falta de motivaciones para trascender más allá del décimo grado, de superar un embarazo prematuro, la muerte de un pariente en medio de territorios minados  por las luchas de bandas barriales; han tenido que luchar con su condición de ser mujer, de ser homosexual, de ser negro, o indígena, o albino, o no - vidente, etc, etc. Siempre que llego a clase, luego de reuniones y más reuniones, se me iluminan los  ojos, pues vuelvo a tener la visión que de niño tuve cuando veía pasar por mi casa el autobús de urbanos Cañarte rumbo a ese lugar  en la frontera de la ciudad. Déjenme señalar que soy una persona privilegiada: trabajo  en lo que siempre desee ser: maestro, como mi madre y como mis tías. Maestro en la ciudad que nací.


El torniquete y las mallas epistemológicas


Progresivamente la universidad fue cambiando. Son ya 16 años que llevo acá de profesor, aunque no tengo escudos de antigüedad,  a pesar de que son más y más personas desconocidas, siempre encuentro alguien a quien saludar.  Pero esas instancias significativas de la cotidianidad  no borran  que uno  perciba la  manera que ha tomado  la universidad en su crecimiento: a falta de un modelo propio, de crecimiento a escala humana (Max- Neef), o raizal (Fals Borda) el crecimiento ha estado signado por el poblamiento de espacios, cada vez más de tránsito (Auge), para que los carros circulen, los sujetos circulen y el conocimiento se parezca al que dicen es el correcto en las capitales de las capitales. 

Por eso la polémica  acerca del uso de torniquetes a la entrada de la universidad es la metáfora para  pensar no solamente en el objeto físico por el cual se realiza una selección cuidadosa de quienes entran a un “campo”, sino también a  la existencia de “torniquetes culturales” que cumplen una función parecida en el  espacio de lo simbólico que hoy se llama acreditación de alta calidad, categorización en Colciencias o de indexación en revistas científicas.  Durante meses los torniquetes han estado allí, sin ser activados, en una especie de preparación, de costumbre, para que un día cualquiera entren a funcionar y seleccionar. No es lo mismo tener torniquetes y mallas y puertas metálicas en una universidad  pública que en una universidad privada, por eso el tiempo de la espera de la implementación del tornillo selectivo,  ha estado en relación con el tiempo de la costumbre ante el nuevo paisaje.

Pero ¿de qué habla ese mundo del torniquete, del carnet magnetizado? De lo mismo que expresan las salas de espera de migración de los aeropuertos; su función de controlar  los cuerpos que se mueven por   “el campo” que delimita el torniquete, la malla, las rejas, las cámaras. En esa misma lógica los procesos de acreditación operan como procesos de clasificación, calificación y descalificación.  ¿Será que el  torniquete inaugura  el paso del “campus universitario” del conocimiento  al campo de concentración y de exterminio del conocimiento,  percibido por Giorgio Agamben?. La de hoy no es la universidad del intelectual, sino del ocaso del intelectual en la era de la técnica (Cruz Vélez). Más y más formatos, menos sustancia de saber, menos tiempo para encontrarse, preparar clase,  para hablar alrededor de un libro. Esas pequeñas rutinas que en algún momento hicieron parte de la existencia universitaria. 


La universidad como una institución de la memoria rápida


Pero ¿qué resta de la universidad medieval o la universidad alemana que con tanta nostalgia evocamos los profesores  influidos por El Nombre de la Rosa o un extraño romanticismo en condiciones de bosque tropical húmedo? La universidad es una institución de la memoria y no es solamente porque en ella se mantenga en estado de constante  trasmisión de las experiencias de la cultura; se trata también de que para su sostenimiento como  institución  ha necesitado  sostenerse y fortalecerse desde unas tradiciones, unas discusiones, unas maneras de ser que no son  alteradas o transformadas de manera fácil, pues eso implicaría  decir que la sociedad en que se aloja puede también ser alterada. ¿Qué memorias entran en disputa en el campus universitario actual?   Tomo un ejemplo: la más reciente entrada de la policía a la universidad no fue por  una acción contestataria de un grupo opositor político, fue para cerrar un “expendio de drogas”. Eso no es casual, habla de cambios  interiores en el espacio. 

Esa institución de la memoria que resulta ser la universidad construida a través del logos, de la palabra científica, de la trasmisión de contenidos de lenguaje, vive hoy los asedios correspondientes a la  época en que le correspondió estar inserta.  La universidad no está más en una franja de “apariencia pública” privilegiada de separación social; en esa franja en la que por siglos pudo mantener su autonomía, hoy se mueve bajo la presión ya no de la política de izquierda, sino del mercado,  pero también del “mercado negro” y de los  mercaderes del conocimiento, de lo que piden y exigen las cosas rápidas, sin demasiada meditación, el “fast-food” epistemológico. ¿La autonomía? Es una palabra-cliché, sin contenido real. 

La universidad de hoy es “campo” de producción rápida, pero vigilado, botín de guerra y quienes estamos en ella  quedamos insertos en el ojo del huracán de ese conflicto.  Por eso el uso y el ascenso de nuevas palabras en el mercado académico configuran el acervo probatorio de lo que constituye una institución y  por eso términos como  control, vigilancia, registro, contraloría, veeduría, emprendimiento se levantan en el panorama  de la existencia académica con una fuerza que antes tuvieron palabras como docencia, extensión o investigación. ¿Se trata entonces de la constatación que la razón instrumental  avanza  sobre otras maneras de pensamiento como son la  crítica o la política? Difícil de saber hasta donde llegará el nuevo gobierno de los expertos en elaborar resoluciones y convertir en normativa el más mínimo gesto que se produce en la vida cotidiana.


De la momificación y la comida rápida


El gobierno descubrió una especie de estado invernadero para las plantas de profesores públicos. La figura del nombramiento es hoy  “momificada” mientras la figura del  “transitorio” se impone en lo público. De allí que si la universidad estatal de nuestra época es nombrada como pública se trata de una alusión a  un escenario momificado. ¿Resulta público el tránsito por ella?  Pasa lo mismo que con la sociedad: si el estado es público ¿significa que cualquiera puede llegar  a éste y ocupar un lugar en su interior?  ¿Qué es la universidad pública hoy?  Lejanos parecen los días que atravesar la universidad pública era posible a cualquiera que deseara hacer carrera dentro de ella. Un profesor-Rector, por ejemplo. La universidad es una ciudad en escala menor; una sociedad en escala menor y en esa ciudad impacta y se reproduce el tipo de sociedad en el cual estamos anidando, gústenos o no. Si  en la ciudad se adoptan formas de control y de vigilancia más fuertes, la universidad tendrá que moverse entre dos opciones: considerar que puede resistirse a determinados cambios en la sociedad – hacerle repulsa a las lógicas del mercado, del emprendimiento-  o  volverse un “campo de experimentación” a la medida de esos cambios. Eso usualmente depende de la relación de fuerza entre los distintos actores de la vida académica: las directivas, los maestros, los estudiantes, pero también los gremios y la idea de sociedad que se tiene en el momento. Cuando uno de los factores que habitan el campo, por ejemplo el de nosotros los profesores universitarios, recibe con resignación o con indiferencia las acciones de otros sectores, se tiene el tipo de universidad de la cual nos quejamos hoy, en los mínimos espacios de circulación por el  campo, donde todo vale, en el sentido monetario pero también en el sentido ético y político.

En tanto que la universidad se hace más compleja, los mecanismos para su control parecen hacerse igualmente delicados y complicados y hasta enredados.  A una mayor complicación en la vida académica, a un mayor control y vigilancia para los cuerpos que se mueven por ella, corresponde también una reducción en su  vida democrática mientras que los puestos de elección interna entran en un estado de “excepcionalidad” que los mantiene al margen de cualquier riesgo de asalto.  Esos son los límites entre la legalidad y la legitimidad y  ese punto es el que le interesa a Giorgio Agamben cuando en El misterio del mal  examina el mensaje  que le está dando a los poderosos de la tierra  Benedicto XVI en el momento de renunciar a un poder tan gigantesco como el del papado. Legalmente tendría toda la fuerza para aferrarse a ese privilegio, pero sabe que no es lo más legítimo. Nuestra universidad contemporánea es también un coto de caza, poblada de un poder administrativo que busca centralizar el poder y los pequeños escenarios o territorios donde los restos de ese poder se pelean desde lo académico.

Pero seguramente nos iremos acostumbrando al torniquete, como  nos hemos acostumbrado a tantas cosas a nombre de “la seguridad”. Pero acostumbrarse  no significa  pensar o aceptar que a partir del mecanismo físico, no se produzcan efectos en otras nociones como son la libertad y la democracia.  Acostumbrarse no significa considerar que se necesita  pensar el campo universitario como lugar donde se irradian al resto de la ciudad o de la sociedad mensajes, señales, orientaciones. No es lo mismo separar, que confinar, que seleccionar o elegir. El torniquete realiza esas funciones, pero ¿cuál de todas conviene más a la universidad en el sentido de lo público?


Lo que oculta un cambio de placa

El otro aspecto que nos sirve de metáfora es la manera de presentar las oficinas de los profesores. Segunda semana de trabajo de 2016. No llueve en Pereira. Una nueva señora de los tintos ha reemplazado a Doña Dolly. Dos novios se besan y re-besan contra la alambrada. El perro “buseto” está cansado de tanto perseguir los vehículos públicos de pasajeros. Pero  “My office” dejó de ser la del profesor Alberto, ahora es la 7A-219, la del profesor vecino, es la 7A-218 y la del profesor del frente la 7A-216. Desde un lugar misterioso e iluminado de la universidad alguien juega con los dígitos, la combinación de letras y números  vigila el orden, la eficiencia, la modernidad. Por eso mi oficina no es “mi oficina” sino “my office”. No más profesor Alberto Antonio, paso a ser el 7A-218.

Abro unas páginas de Foucault. ¿Vigilar y castigar? ¿Biopolítica? En todo caso lo pequeño anuncia lo grande. Desaparecen los nombres de los profesores. ¿Cuál es el mensaje secreto, o será un mensaje a voces? El filósofo de vereda que habita en mí, canta al oído: como sujeto docente no tienes lugar real  en la universidad actual.  La placa con el nombre del profesor habla todavía de la subsistencia de  una universidad que tiene en los docentes, un punto central de referencia, pero al desaparecer los nombres, el eje pasa a estar en otra parte

Persigo entonces los pasos del funcionario que cambió las placas. “Buseto” el perro me acompaña, con su olfato acostumbrado a las delicias culinarias del Galpón. El hombre se interna por el jardín botánico. Le espera una pala y un hueco. Allí, observado por los pájaros, buseto y  yo, el 7A-219,  vemos como entierra con cuidado, las placas con los nombres de todos los profesores de la Facultad de Educación: allí fueron a parar Rigoberto Gil Montoya, Rodrigo Arguello, Fernando Romero, John Jaime Correa, Cecilia Lucca Escobar, etc., etc., todos juntos, en un arrume de acrílicos, de nombres, imagen contundente de nuestro prematuro entierro. El hombre cubre  con tierra nuestras antiguas identidades y parte sudoroso. Buseto, entonces, se acerca al montículo, lo olfatea, mueve la cola, gime. Sus amos yacen bajo la sombra que producen los guaduales.

Vuelvo a sentir en mí la voz del filósofo de vereda el cual en tono atronador me dice: El número homogeniza, el número despersonaliza y evidencia el proceso que vive la universidad. El humanismo no es un asunto de discurso, sino que es algo presente en el acto de nombrar y no de numerar y que se juega en el día a día de la cotidianidad que  enuncia  y reconoce al otro por una nominación. Es posible que las consecuencias de este acto no lo hagan quienes tienen la potestad de cambiar nombre por número, pero la interpretación a que conllevan esas decisiones,  evidencian la muerte de lo público en el espacio público. Los judíos destinados a los campos de concentración y de exterminio, se les marcaba con un número  en el brazo para de esa manera borrar la singularidad de su nombre.

Ahora es otra voz, la del sindicalista de mochila arawaka la que emerge en mi conciencia: tras de ese número se oculta  la situación de la universidad del Tolima y de la universidad de Antioquia, como ejemplos radicales de la crisis humanitaria  que está viviendo la universidad pública en Colombia o las Universidades de Florencia y de Córdoba nuevamente en manos de fuerzas oscuras.   Los profesores de planta del Tolima no tuvieron salarios en diciembre, cientos de profesores hora cátedra de Antioquia pasaron su fin de año en blanco, se avecina una reforma educativa para enfrentar la crisis económica donde los profesores de planta dictarán 18 y 20 horas y muchos de los profesores transitorios se convertirán a hora cátedra, como manera de enfrentar la crisis económica desde las políticas educativas del gobierno.

Preocupado sigo mi camino. Buseto me ha abandonado, ha recuperado fuerzas. Veo que sus colmillos muerden, saborean algo. ¿Será un hueso? No. Es un pedazo de acrílico con el nombre de un profesor. Hasta el perro más querido de la universidad practica la “topofobia”, más conocida como “odio a la memoria”. Acaricio su cráneo y  reconozco en su mirada canina un mensaje que traduzco al lenguaje humano de la siguiente manera: La eliminación de nombre del profesor de la oficina es un pequeño y contundente detalle con “sobre nombre” en inglés – Faculty office- en una placa; se trata de una profunda crisis, que ahora sí de manera inminente socava todo principio de autonomía que constituyó el mundo universitario en el siglo XIX. Todos somos de alguna manera víctimas y cómplices debido a nuestro silencio e indiferencia, todos nos hemos reducido de manera complaciente en una “operación comercial”, gruñe el filósofo de vereda que habita en mí.

 

Conclusiones intempestivas


15 años de lo mismo hicieron  de la Universidad Tecnológica de Pereira un escenario de unanimismo, donde los intereses del líder debían  lograrse a toda costa, quebrando las oposiciones, creando una atmósfera de menosprecio por la organización sindical – desprestigio y pereza, en lo que sin duda las prácticas y lenguajes  de líderes y organizaciones sindicales pusieron su grano de arena-. Pero se trata también de los pactos mundiales que en naciones como la colombiana afecta de manera directa la universidad, pues el “ethos” académico es algo que produce risa y  se negocia como se negocia un TLC.  De ese proceso hace parte la universidad tecnológica en una Universidad Tecnológica de Pereira, empaquetada según  los ritmos de la modernización  global  en una ciudad de negocios y servicios, “gran centro comercial”.

Somos conscientes  de que la actual dinámica de la universidad: la  alta carga académica de los profesores transitorios (211), la babel de reuniones  y de formatos –de categorización, de acreditación, de todo clase de nuevas clasificaciones-  responde al modelo de universidad de tránsito, de transitorios, de operaciones rápidas, comerciales, de las rejas, de los torniquetes, por completo convencida del modelo de la competitividad y de  la acreditación.

A diferencia  ya no de la congelación de la planta de profesores (307), se vive la “momificación” de su planta, como una especie de criatura en extinción a la que se recuerda como modelo del pasado ideal, que se expone en los museos  y cuadernos botánicos, como ejemplo  de lo que fue un día el “alma mater”, de allí que se hable del ideal futuro, en comparación con el precario presente. Esa misma planta “momificada”, es la que “emprende” las tareas de la acreditación, de la categorización, del índex de las publicaciones científicas, al lado, de ese pelotón  de profesores “a término fijo”, como productos de rápido final. Los del término fijo descubren que  con 20  y más horas, estudios de post-grado a cuestas, liderando procesos de auto-evaluación, no se puede ser investigador.

Al final del camino están los torniquetes, las mallas, levantando la distancia y la diferencia entre el duro asfalto de la ciudad y la universidad. Pero también he visto, a todo el frente de la biblioteca una pequeña puerta, la más pequeña, la única que todavía no tiene torniquete, Pienso, recordando a Walter Benjamín cuando en su tesis habla de la pequeña entrada por donde puede entrar el cambio; esa pequeña puerta sigue siendo  la puerta de la esperanza. Recuerdo también el autobús que pasaba junto a  mi casa, repleto de estudiantes universitarios.  De niño, al asomarme al balcón, pensaba que un día haría parte de ese grupo de universitarios que se perdían en la distancia, ascendían por la calle 14, a un lugar en la frontera ignota de la ciudad donde reposaba el conocimiento de la sociedad.

 

Pereira, marzo de 2016

 

Referencias bibliográficas

Agamben Giorgio, El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos. México: editorial: Adriana Hidalgo, 2013

Auge, Marx. Los no-lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobre-modernidad. Gedisa. 1998

Benjamin Walter. Sobre el concepto de Historia y otros fragmentos. México. Contra-historias, 2007.

Cruz Vélez, Danilo, El ocaso de los intelectuales en la época de la técnica. ALeph, No 140, Manizales.

Halbwachs, Maurice, Los Marcos Sociales de la Memoria, Anthropos, Barcelona,2004

Max-Neef, Manfred. Desarrollo a escala humana. Editorial Norda, Uruguay, 1998




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