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Siete relatos parajódicos
Domingo 03 de Abril, 2016


Siete relatos parajódicos

 

Por: Jose Hoyos

03-04-2016 


Los buscadores

Un niño judío sobrevive a un campo de concentración nazi. Salió convertido en un viejo de nueve años. Una vez terminada la guerra se ve solo y sin noticias de sus padres ni familiares. Ahora saltemos cincuenta años. Ya es un hombre que echó raíces en Londres, tiene un trabajo convencional, esposa, casa, amigos, nacionalidad, pero todavía sigue sin tener noticias de sus padres, la pareja Ásemberg. Tampoco tiene la paz de saberlos muertos. Lo que sí tiene es un diario, escribe: Un diario es un vínculo con uno mismo cuando se pierden todos los lazos, cuando todas las cosas en que uno creía se desquiciaron. Lo que se desquició fue su esperanza. Se ha pasado la vida buscando, hurgando en archivos, viajando, insistiendo, y nada. Son las dos de la mañana y alguien toca su puerta, él abre y se encuentra con una pareja de ancianos que ha viajado desde Buenos Aires porque han logrado averiguar que en Londres vive un hombre que responde a la historia y al apellido del hijo que tanto llevan buscando y se miran y se abrazan y lloran porque confirman que tendrán que seguir buscando porque ni él es el hijo ni ellos los padres que andaban buscándose.

 

Un hombre sin espíritu

Los fenómenos paranormales son más habituales de lo que se cree. ¿Quién, estando solo en casa, no ha sentido en la nuca el contacto de una mano helada y tenebrosa? Yo no, gracias a Dios. El fenómeno psíquico del desdoblamiento afecta a una de cada diez mil personas. En este caso esa persona se llama Roberto Cáservil. Al principio fue un asunto doméstico; podía ver cómo su cuerpo dormía tranquilo mientras él, en espíritu, volaba por los aires de la casa, eso sí, con mucho cuidado de no pasar cerca del ventilador  de aspas. Se aburrió de desdoblarse nada más en la casa y se aventuró a salir, y pudo sobrevolar a su antojo toda la ciudad. En uno de esos paseos el espíritu llegó tan lejos, que para regresar a casa tuvo que tomar un taxi. Aprovechando su condición, el espíritu se volvió ambicioso, hasta que un día tuvo serios problemas legales: quiso salir de un centro comercial sin pagar un par de zapatos. El espíritu fue encontrado culpable de hurto y condenado a dos años de cárcel. Por eso Roberto Cáservil ahora es un hombre sin espíritu.

 

Críticos vendehumo

Es 1945. Julio Cortázar duerme en su casa de Mendoza. Sueña que es empujado por una fuerza extraña, invisible y asfixiante, muy poderosa. Se despierta de golpe, asustado, con la sensación del sueño todavía dominándolo. Sitia la máquina y escribe Casa tomada de una sola sentada. Incluye otro personaje, una hermana del narrador, solo por razones literarias. Es 1931. Sergio Sergi, el dibujante y profesor de artes que luego sería el gran amigo de Cortázar, hace una serie de dibujos de su casa. La técnica, al carbón; el fondo, oscuridad. Se trata de dibujos altamente sugestivos. En especial uno en que se ve a un gigante amenazante que ocupa casi todo el espacio de lo que parece ser una habitación, y a un costado un hombrecito minúsculo y temeroso es desplazado. Cortázar ve este dibujo cuando cruza amistad con Sergi al llegar a Mendoza, en 1945. Lo impacta tanto que logra colársele en un sueño. El sueño deriva en una obra literaria corta y tremenda. Entonces que los críticos no me vengan con el cuento de que Casa tomada en una metáfora política contra el peronismo.

 

Espejismo

Entró a la librería con la seguridad de quien sabe lo que busca. Repasó cada sección con la mirada, leyó los lomos con la cabeza ladeada, siguió de un estante a otro, y así hasta darle la vuelta a todo el local. Se ajustó las gafas oscuras y llamó a una empleada y le preguntó por el título que buscaba, ella puso cara de duda, de que ese libro no le sonaba mucho. Sin embargo fue hasta la bodega y escarbó. «No señor, ese libro no lo tenemos, y tampoco he oído nada sobre ese autor». El señor repitió el procedimiento en cada librería de la ciudad. Iguales resultados. Estuvo en esas durante varias semanas, tratando de recuperar el brío narcisista que le produjo su foto en la contraportada, la publicidad pasajera, la entrevista, la reseña volátil. Y le costó mucho aceptar lo poquito que dura todo eso, y tuvo que resignarse con volver al anonimato de los escritores que publican un libraco que a los pocos días es olvidado y perece reducido a unas cajas tiradas en algún sótano, y a veces ni eso.

 

Desbarajuste

Qué puedo decirles, fue puro descuido, tal vez las letras ya estaban flojas. Pero no lo parecían cuando, tantas tardes, manipulé el libro y lo llevé de un lado a otro apurando sus páginas. Es que era un libro gordo y pesado, ese peso pudo facilitar el desbarajuste. Fui descuidado porque hace días no le presté mucha atención a una P y una Z que encontré tiradas en el piso, bajo la mesa donde estaba leyendo. Fue en un café donde la gente suele sentarse a leer, creí que esas dos letras eran ajenas. Esa tarde, cuando paré la lectura y salí con el libro en la mano, dejé un hilo de letras que chorreaba a medida que caminaba; todo el final de un capítulo quedó regado por completo. Dos páginas enteras quedaron tan limpias como si nunca hubieran sido impresas. No me importó mucho, ya había leído esa parte. Pero cuando empecé a encontrar cada vez más pedazos en blanco, adjetivos faltantes, palabras mutiladas, frases a medias, acciones sin verbos, entonces ahí sí me asusté. Peor todavía: cada que cerraba el libro las letras se desprendían y cruzaban de una página a otra, y cada que lo abría ese montón de símbolos se caía como en deshielo. Hubo ocasiones en que tuve que mantener el libro acostado o moverlo muy despacio porque hasta el viento más liviano esparcía letras por los aires. He tenido incluso que recogerlas del piso a manos llenas. Ahora ando con los bolsillos repletos de letras y palabras sueltas. El libro se ha diseminado. Incapaz de armarlo, solo me queda inventar un orden.

 

Gazapo kafkiano

Franz Kafka huye a las tres de la tarde de la oficina donde trabaja. Camina rápido hacia su casa porque lleva en mente un relato que, como los dolores de parto, no da espera. Entra agitado y se encierra a escribir. A mitad del relato oye gritos desde la calle, se asoma a la ventana y ve que un hombre corre despavorido con una espada que según parece ha robado del museo Narodní. Algunos policías lo persiguen ayudados por ciudadanos espontáneos propensos a la ley. El hombre es atrapado. Un policía le mete un pañuelo en la boca y los otros lo muelen a bolillo. Kafka los ve alejarse llevándolo a rastras, no parpadea, está conmocionado, cierra la ventana y continúa escribiendo América, un relato ambientado en Nueva York en el que al referirse a la estatua de la libertad dice: “Su brazo con la espada sobresalía”. ¿Cambió a propósito antorcha por espada?

 

La obligación de matar

Emil Cioran ha resuelto, por fin, matarse. Concluye que la muerte le disgusta menos que la vida. Redacta una carta para su esposa explicando que no soporta más el exceso de conciencia. Toma el revólver que por años  ha tenido cargado y a la mano y sale de su casa con destino a los bosques de Bucarest. Planea dispararse en la boca estando lo más alejado posible del mundo. Se interna en el bosque. Por años, los bosques de Bucarest, solos y apartados, fueron camino de pillos y malandrines que se escondían de algo o buscaban presa. Cioran hace una parada definitiva, toma aire, se llena de valor, y justo antes de sacar el revólver dos ladrones pasan por el camino y lo ven, solo, indefenso, prometedor, nunca habían estado ante un robo tan fácil. Se acercan, y mientras uno le pide fuego, el otro intenta tomarlo por la espalda, con tan mala suerte que el viejo ya tenía bien agarrado el revólver, hace fuego y le anida un tiro en la cara al primero, el otro corre, el viejo está excitado por la sangre y le dispara por la espalda, el ladrón cae fulminado. Cuando volvió a su casa encontró a su mujer abatida por la certeza de que ya se había suicidado. «Leí tu carta de despedida, creí que ya estabas muerto». Rejuvenecido y sereno, el viejo responde: «Ya no me suicido, ya maté».


Imágen tomada de www.found.com



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