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BAILEDULCE
Jueves 22 de Octubre, 2020


BAILEDULCE

Gracias, Abuela Lydia, que no me canse yo de darte las gracias. Mucho aché para ti, Corazón de perla, sonrisa de fresa y chocolate, historia de tabaco y ron. Era yo un muchacho con una beca para estudiar en La Habana, sin familiares ni amigos, entonces me adoptaste y me hiciste tu nieto. Ahora que vuelvo a mi país, no dejo de hablar de tu fuerza, de mis deseos de volver y llenarte de regalos.

Abuela, en mi primer viaje a la isla, te hablaba de cómo endulzábamos en mi tierra con un producto oscuro y duro, obtenido después de hervir durante horas el jugo de la caña dulce. Te conté esa historia de monjas europeas sorprendidas con esas piedras que al calentarse en agua, se derretían en una bebida dulce que refrescaba en medio de las tareas al sol. Tú recordaste la historia de las abadesas abrumadas con el barro de los dioses aztecas. Desde entonces el chocolate en aguapanela se nos convirtió en una entrevista con la historia alimenticia de nuestra América. Añadiste una variante a tus mañanas, hirviendo el café en aguapanela y un traguito de ron, como lo hacían mis otras abuelas en las montañas colombianas.

Ahora, Abuela, recorriendo otros rumbos de este territorio, he venido a dar a unos pueblitos que no conocía y en los que la caña se cultiva en faldas de montaña y no en planicies. Aquí el trabajo es a mano porque sería imposible un tractor por estas laderas. Los trapiches, esos pequeños ingenios en que se exprime el jugo y se cocina una y otra vez, son en su mayoría cooperativos y se solidarizan con la producción del vecino.

Antes, Abuela, los trapiches eran de tracción animal y los niños estaban todo el día arriando una mula o una yegua en redondo, para que así girara el sistema que exprimía las cañas. No sé si lo sepas, Abuela. Yo no lo conocía, no lo había visto. He tomado aguapanela desde niño pero nunca me interesé ni tuve cómo conocer su producción.

Llegué con mi tía Ceci, que viene a evaluar a uno de sus estudiantes universitarios, William, quien ha trabajado en una coreografía alrededor de la panela con las familias de los trapiches. Me animé ante la posibilidad de visitar una región que no conocía y aprender de una propuesta sobre la panela, que gracias a ti, aprendí a beber de otra manera, con los sentidos. Antes de viajar por primera vez al extranjero, pensé que a donde llegara encontraría panela y resulta que no es así. ¡Qué pobre nuestro conocimiento sin viajes! Y aquí me tienes, probando blanquiados y colaciones, ¿las recuerdas? Sé del peligro que tanto dulce puede hacerle a mi peso, pero no evito probar un poco de todo.

También pienso en danzar. Es mi verbo para habitar el mundo. Hay una melodía en la respiración de todo ser vivo, armonizada por cada choque del calcio contra el propósito de la existencia. Hay una música que viene en el rayo del sol que rodea a la abeja cuando se posa en el girasol. Escucho la melodía secreta de la lluvia encontrándose en la mar océana de la cresta de la ola. Y yo, que tengo oídos para esos sonidos, no puedo más que entregar mi cuerpo a ese movimiento: el del árbol que hunde sus raíces, el del avión que despega de la pista, el de los amantes que se esconden tras los muros, incluso el de la bala y de la bomba arrojada sobre inocentes.

Ya quisiera yo ser nada más la prolongación de la sonrisa de estas muchachas, la locura y la indisciplina de estos chicos, la inteligencia de Willi o el sabor de Rosahelena, nuestra guía gastronómica. Ya quisiera ser yo, Abuela, tu movimiento contra la salitre y el polvo, ya quisiera que mi cuerpo fuera el del muchacho que extiende sus pantalones en un balcón de Habana Vieja, mientras adentro cantas a la Virgen de Regla.

Pero bien lo dijeron tus caracoles Abuela, yo vine a bailar. A bailarlo todo. Ninguna forma de humanidad podría escapar la coreografía con que inspiraré en el alma su deseo de ser color y levedad, forma y elasticidad, plasticidad del horror, susurro de la esperanza.

Ceci me pregunta si los ensayos del viejo Willi me inspiran algo. Yo le digo que es muy temprano para saberlo. Me lleno de imágenes, de sonidos, de saberes y de sabores. Existe la idea de declarar la aguapanela como la bebida nacional, me cuenta. Le respondo que ojalá me consiga un buen dramaturgo para montar un monólogo que narre la pasión de estos hornos que maduran la miel antes de hacerse sólida. Le digo que llamaría a mi pieza Ahogagatos. Nos reímos. Me parece curioso el nombre para esa torta de maíz bañada en miel de caña y puesta a cocinar en la envoltura de una hoja de plátano. Es un pan dulce, seco. Quizá por eso el nombre.

Es bonito viajar y aprender tantas cosas. Es bonito saber que a alguien le importan tus aprendizajes y que los leerá con pasión. Es bonito Abuela, contar contigo. Sé que puedes imaginar conmigo que salgo de una hoja de plátano, con mi piel morena, con mi sangre dulce, con mis músculos de maíz. Sé que, aunque no estés conmigo, me sabes bizcochuelo, aroma y sabor, textura y pensamiento. Que en mi danza beban los sedientos de inspiración y que se embriaguen de amor por ti, Abuela, los que no saben lo que significa ser adoptado por una abuela cubana.



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Jáiber Ladino Guapacha. Nació en el municipio de Quinchía, Risaralda, del que se desprendió para un breve paso por la vida consagrada y dedicarse después a sus estudios literarios en la Universidad Tecnológica de Pereira, donde obtuvo su licenciatura y su maestría. Con frecuencia, escribe y enseña; toma descanso y recreo en Miracampos, colegio del área rural, donde se le puede ver leyendo y aprendiendo de sus estudiantes. Un libro de cuentos, Las aventuras de la Barranquero. Tres novelas: Andago La línea K, Mapa con abejas y tambor, Trocha y telaraña.


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